Y es que siempre que vuelvo de Las Palmas me da la morriña y me vuelvo más autóctona de lo que acostumbro. Siempre lo digo, cuando voy dos o tres días a casa se me hace mucho más fácil irme que cuando estoy diez. Es que ese tiempo da para mucho. Vives en casa, a mesa puesta y colada hecha, haces planes familiares y de amigos que no suponen más que dar un paseo, ir a la playa o sentarse alrededor de una mesa; los del súper del barrio saben lo que haces y desde cuándo… te acostumbras a volver al pasado, y ¡te gusta!
Pues por si todo esto fuera poco, la última noche antes de volver a Madrid estuve con mis amigos en un asadero, eso a lo que ustedes llaman barbacoa, y nada más llegar, me encontré con un cartel gigante de Firgas; esa marca que nos hace echar de menos hasta lo más básico, como es el agua. Y pensé… anda, yo nunca he escrito de agua Firgas, con lo que me gusta. Aunque no tengo nada que destacar de su publicidad, ni para bien ni para mal; puedo hacerla yo mismo, y hablar de este producto que destaca como otro de los grandes apreciados entre los canarios que vivimos fuera.
“Es que Firgas es mi agua con gas”. Porque parece que otro tipo de agua da más igual la marca que sea. A mí por lo menos me pasa. A la hora de elegir agua sin gas embotellada me da igual si es Lanjarón o Bezoya. Pero no me pasa lo mismo con el agua con gas. Solo me gusta esa. Me da igual el resto de marcas, tanto canarias como peninsulares. ¡El resto me saben a gaseosa y no me quitan la sed como el agua Firgas!
He dicho.

